Calle de Las Herrerías

Historia de los artesanos cuencanos

La calle de Las Herrerías forma parte de las áreas especiales del Patrimonio Cultural de la Humanidad, título otorgado por la Unesco en 1999 a Cuenca; otrora la calle formaba parte del Qhapaq Ñan, luego, Camino Real, puesto que, según Humboldt, podían apreciarse aún los últimos vestigios de la famosa vía en la callejuela que queda entre Ingachaca, en el río Tomebamba y Chaguarchimbana, en el río Yanuncay, como parte de la calzada incaica. 

En la Colonia sirvió de límite oriental al Ejido Sur de la ciudad, en el sector entre los ríos ya citados, por donde corría el camino de Ingachaca. El Ingachaca fue conocido luego como Camino Real y delimitaba al Ejido Sur, cuyas tierras se extendían al Occidente de dicha vía, a la par que comunicaba a la ciudad con poblaciones del Sur y el Oriente; al Este se conformaba un triángulo entre el Camino Real, los ríos Tomebamba y Yanuncay, teniendo como ápice, la unión de estos en lo que hoy se denomina El Paraíso, tierras que no estaban en los predios ejidales y que fueron ocupadas por indígenas, posiblemente arrieros cañaribambas, y terratenientes españoles y criollos, quienes levantaron modestas casas de vivienda, los primeros, mientras que los segundos dedicaron sus parcelas a quintas o cuadras destinadas a la producción hortícola especialmente. 


Resulta difícil precisar en fechas el inicio de la ocupación humana del triángulo, denominado hoy El Paraíso y más aún señalar cuándo herreros y herradores comenzaron a operar en esas tierras, cuya actividad, a la postre, conferiría nombre al antiguo fragmento de la carrera incaica; para algunos, estos artesanos estuvieron ahí desde la época colonial, otros, en cambio, opinan que se ubicaron inicialmente en el centro de la ciudad castellana recién fundada para luego desplazarse hacia las parroquias de indios, San Blas y San Sebastián, convertidas en los accesos desde el Este y el Occidente para la urbe que paulatinamente iba rebasando su traza inicial. 

Conforme se amplió el ámbito urbano y el servicio de buses y taxis, herreros y herradores —al parecer en nuestro medio no se hace la diferencia—, se asentaron en torno a la vía de herradura posiblemente en los años veinte o treinta del siglo pasado, incluso algunos herreros consultados estiman la estadía de gentes de su oficio en el lugar es no más de 80 años, aproximadamente; hasta la década de los sesenta del pasado siglo, la calle que hasta entonces se denominaba Antonio Valdivieso, presentaba un paisaje peculiar: estaba empedrada y 2 acequias de regadío corrían a su lado; por esas fechas se suprimieron los soportales de las casas, a fin de lograr mayor amplitud de la calzada, se rellenaron las acequias y se construyó una vía carrosable y en 1974 la calle pasó a llamarse Las Herrerías en homenaje a los artesanos del hierro. Completan el conjunto arquitectónico de Las Herrerías la Casa de Chaguarchimbana y la Plaza del Herrero. 

La calle pasó a ser un lugar de venta de comidas 

Los artesanos del hierro no tuvieron caracteres distintivos y a todos se les aplicaba el apelativo de herreros; su presencia ha contribuido a la caracterización sociocultural de su entorno, de tal manera que hoy se puede ya registrar a personas y familias que se han dedicado por varias generaciones al trabajo de esta artesanía; al parecer, la primordial actividad de estos artesanos era herrar y cuidar a las acémilas, a la par que confeccionaban distintos utensilios de labranza para el campo y otros objetos utilitarios para las viviendas. Con el paso de los años, esta labor artesanal fue perdiendo ciertas líneas de actividad, como es la de herrar, al tiempo que incorporaban otras como la confección de objetos rituales y simbólicos —cruces para las cumbreras— y variados objetos para la decoración y arreglo de las viviendas, creando en muchos casos verdaderas tradiciones artesanales que han ido pasando de generación a generación. Incluso existen ahora mujeres dedicadas al oficio y en algún taller se alterna la producción de objetos de hierro con la preparación de bocaditos tradicionales como tamales, chumales y quimbolitos, actividades que a la postre pueden desvirtuar el carácter tradicional de esta importante calle como es Las Herrerías. 

Una lucha por el rescate de las tradiciones heredas

La artesanía tradicional está siendo sustituida por elementos y herramientas modernas como el sistema de encendido de las fraguas, la utilización de la suelda autógena, etc.; el oficio ya no es rentable “deja para vivir”, han manifestado algunos maestros que tratan de mantener la herrería por el significado que tiene como un arte heredado, pero no saben si sus descendientes continuarán en las labores del hierro, ya que por un lado, la industria con sus nuevas profesiones, va ganando terreno y por otro, es un oficio en el que el sacrificio y el costo de la producción son elevados, y no siempre hay quien reconozca el esfuerzo

Las nuevas generaciones están optando por profesiones universitarias o de institutos superiores que ofrecen nuevas oportunidades mucho más rentables, por lo que al parecer la artesanía del hierro se considera como una labor ingrata que requiere ganas, decisión y, sobre todo, inspiración, pues la tarea del herrero está entrañablemente vinculada a la cultura e inspiración artística, lejos de los condicionamientos mecánicos, y más cercana a la transcendencia vital del espíritu. 

Las Herrerías era un lugar de confluencia 

Uno de los caminos de acceso a la ciudad que conducía al sur pasaba por San Juan del Valle, camino a Loja y luego al Perú, otra era la avenida Loja, no es casualidad que en estos 2 espacios se hayan concentrado las actividades de herrería y también la de forja. Esta actividad artesanal tuvo un gran auge por la importancia de la atención a los caballos y mulas, la fabricación de herraduras, frenos y bocados y otros accesorios de hierro, además de herramientas de labranza, puertas, ventanas, cerraduras, y muchos bienes absolutamente necesarios para cualquier centro poblado antes de la era industrial.